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2 – El niño salvaje (2ª parte)

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Logonautes
2 - El niño salvaje (2ª parte)
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La entrada en sociedad del salvaje no fue como todo el mundo esperaba. Veremos cómo fue su llegada a París, y la acogida y educación en casa del doctor Itard. Comprobaremos si el caso de Víctor confirma o no la existencia de períodos críticos para adquirir el lenguaje.

Música:

  • Danse sacrée et danse profane, Claude Debussy, por United States Marine Band
  • Nightclub Jazz Hip Hop, por Auditone Music Library
  • Arabesque No. 1. Claude Debussy, por Simone Renzi
  • Reverie. Claude Debussy, por Simone Renzi
  • Children’s Corner, L. 113 – IV. The snow is dancing, Claude Debussy, por Gerluz
  • Suite Bergamasque – II. Menuet, Claude Debussy, por Jacopo Salvatori
  • La Mer – 2 – Jeux de vagues, Claude Debussy, por US Air Force Band
  • Étude XI – ‘Pour les arpèges composés’, Claude Debussy, por Kimiko Ishizaka

El niño salvaje (2ª parte)

En el episodio anterior vimos cómo capturaron al niño salvaje y cómo fue adoptado por el doctor Itard para, entre otras cosas, enseñarle a hablar y comprender.

El salvaje generó una gran expectativa cuando llegó a París. Todo el mundo quería conocerlo. Se organizaban visitas guiadas para exponer al chico como si fuera un número del circo. Desde el orgullo parisiense, muchos se preguntaban si el joven del bosque se maravillaría de las bellezas de la ciudad. Algunos, esperanzados, creían que el adiestramiento sería cuestión de meses y que con el savoir faire de los médicos franceses esta oruga haría un rápido tránsito hacia una mariposa majestuosa.

Imaginaos su cara cuando vieron un niño mugriento y asqueroso, caminando a cuatro patas, con movimientos espasmódicos, convulsionando y balanceándose sin parar, que mordía, arañaba y agarraba todo lo que se interpusiera en su camino. Una criatura que no prestaba atención a aparentemente nada y que no tenía ningún interés en aquellos que lo cuidaban.

En una conferencia en una sociedad científica, el doctor Pinel, que era de los que tenían pocas esperanzas en su rehabilitación, expuso el estado inicial del joven salvaje y dijo que los sentidos del salvaje estaban en un estado de inercia que lo colocaba muy por debajo de algunos animales domésticos. El niño no miraba nada en concreto. Sólo se fijaba en objetos de su deseo. Su oído era insensible tanto a los ruidos más intensos como las melodías más deliciosas. Era capaz de emitir poco más que algún ruido gutural y su capacidad táctil se limitaba a poder agarrar cosas con las manos.

Pero el doctor Itard creía en Víctor y se volcó en la educación del pequeño salvaje. Lo tomó bajo su custodia y lo educó en su casa junto con su ama de llaves, Madame Guérin, de la que se habla más bien poco pero que tuvo que currar un huevo junto con Itard en la educación del niño. Hicieron todo lo posible para construir y fortalecer su vínculo social. Itard y Guérin trabajaron para aumentar su capacidad de ideación y resolución de problemas.

El doctor estaba convencido de que tenía que despertar la sensibilidad nerviosa del niño. Parece ser que Víctor no tenía frío nunca. Podía pegarse horas en el jardín medio desnudo en pleno invierno. Por eso el doctor decidió someterlo a diario a baños muy calientes durante dos o tres horas. Esto funcionó, Víctor comenzó a tener frío y a necesitar ropa.

Su sensibilidad auditiva tampoco era muy fina a primera vista. No prestaba atención a ruidos muy intensos. En una ocasión llegaron a disparar un arma de fuego y ni se inmutó. Pero se dieron cuenta que ante ciertos ruidos, como el sonido de una nuez al abrirse, su oído era infalible. Víctor no era sordo. Tenía una sensibilidad especial hacia ciertos sonidos. Lo que apoyaba la idea de Itard de que la sensibilidad humana era causa directa de la civilización.

Itard parece en sus escritos un hombre en general comprensivo, compasivo y humanitario. Por ejemplo, cuando explica la llegada del salvaje de París, dice:

"Algunos curiosos de París, después de un examen de dos o tres minutos y viendo el estado tan deplorable que presentaba, lo consideraron digno de internar en las PetitesMaisons, como si la sociedad tuviera el derecho de arrebatar a un chiquillo una vida libre e inocnte y enviarlo a morir de asco a un asilo, para que expiase la falta de haber defraudado a la curiosidad pública. Yo era de la opinión de que existía una manera más sencilla y, sobre todo, más humana basada en el buen trato y la condescendencia respecto a sus gustos e inclinaciones".

Sin embargo, en el episodio anterior os dije que algunos de los métodos del doctor podrían llevarlo a la cárcel de haberlos practicado en la actualidad. En sus escritos hay alguna anécdota que pone los pelos de punta. Parece ser que Víctor tenía pánico a las alturas. Esto lo descubrió madame Guérin un día que lo llevó a la plataforma del observatorio astronómico de París. En cuanto el niño vio el vacío bajo sus pies empezó a temblar aterrorizado y, cubierto en sudor, arrastró a madame Guérin hacia la puerta. Solo se calmó cuando puso sus pies en tierra firme.

Pues bien, durante el entrenamiento de su capacidad de resolución de problemas, el doctor Itard intentaba que resolviera tareas relacionadas con figuras geométricas y con objetos. Día a día, iba aumentando la dificultad de estos ejercicios y la exigencia. Las tareas eran cada vez más duras y la insistencia del doctor más severa. Bombardeaba a Víctor una y otra vez. Ante este recrudecimiento de la terapia, el niño volvió a tener los accesos de ira y angustia que había tenido cuando llegó a París. Experimentaba fortísimos ataques de rabia en los que destrozaba todo lo que había a su alcance. Mordía las sábanas, las mantas, el estante de la chimenea, tiraba todos los leños y las cenizas del hogar por el suelo, y finalmente acababa convulsionando. Itard, que hasta el momento había utilizado métodos no coercitivos con el niño, pensó que podría convertirlo en un epiléptico si no ponía remedio a estos ataques. Decidió que, si sus métodos de tratarlo con dulzura no funcionaban, debía probar precisamente todo lo contrario. Tomando como referencia los tratamientos de la epilepsia a través del espanto que había llevado a cabo Boerhaave en el hospital de Harlem, Itard Esperó a la aparición de uno de los accesos de Víctor. En cuanto vio los primeros signos, abrió la ventana con vehemencia y fingiendo estar enfurecido lo cogió por las piernas lo colgó sobre el vacío cabeza abajo. Estaban en una cuarta planta. Cuando lo devolvió al interior, Víctor estaba pálido, se estremecía débilmente, empapado en sudor frío, con los ojos llenos de lágrimas. Esa fue la primera vez que lloró.

En fin, Itard y el salvaje tuvieron sus más y sus menos. A pesar del detalle de colgar al niño por la ventana, el doctor era bastante buen tipo para la época. Pero ¿qué hay del lenguaje?

Un día Itard se dio cuenta de que Víctor se quedó fascinado con una frase que dijo un adulto mientras discutía con otros dos. La frase no era nada del otro mundo. Era: "Oh, esto no tiene nada que ver". El doctor observó que, concretamente, al niño le llamaba la atención la vocal [o]. De hecho, lo llamaron Víctor, o más bien Victór, porque tenía esta vocal, la o. Así que intentó una y otra vez que Víctor repitiera la palabra agua (en francés eau), pero nada, sus intentos fueron en vano. Itard no desfalleció y decidió cambiar de palabra. Probó más fortuna con la palabra lait, leche, bebida que el niño adoraba. El bueno de Víctor, cuando quería leche, llevaba un cuenco a la señora Guérin y lo golpeaba para que se lo llenara. Después de trabajar con el tazón de leche y de repetir la palabra como un poseso, al cuarto día, Víctor abrió la boca y repitió con claridad lait. Imaginaos al doctor Itard. Supongo que escuchó trompetas y vio confeti y fuegos artificiales volar por los aires en aquel momento.

Ay, pero, el doctor se decepcionó enseguida, porque se dio cuenta de que el niño usaba la palabra solo asociada a un estado de entusiasmo, junto con la explosión de alegría de ver o de beber la leche. Muy a menudo la pronunciaba y la repetía después de que se la sirvieran. Para Itard era muy importante que lo hiciera antes porque según él, demostraría que habría aprendido su "verdadero uso". Es decir, satisfacer la necesidad de conseguir leche. En palabras de Itard, esta manera de decir leche era una expresión insignificante para él e inútil para ambos, del placer que sentía. Itard catalogó este acto comunicativo como muy básico, similar a las asociaciones de palabras que realizan los perros.

Visto con perspectiva, no sé qué creeis, yo habría continuado con lait. Me habría alegrado muchísimo y habría seguido trabajado no un uso, sino los diversos usos de la palabra, ¿no? Bueno, pero no nos metamos con el pobre Itard, que ya bastante tenía ...

Otra expresión curiosa que aprendió el joven Víctor fue oh, Dieu es decir, oh, Dios, una expresión que le oía constantemente exclamar a señora Guérin. El niño la incorporó a su repertorio de expresiones de alegría.

Pero bueno, más allá de estas anécdotas de vocabulario, ¿qué progresos alcanzó? Adquirió Víctor el lenguaje? La respuesta la da el doctor Itard al inicio del capítulo dedicado al lenguaje de su informe: que no. Que no nos hagamos ilusiones con lo que nos va a contar porque el salvaje aprendió sólo decir algunas consonantes, algunas vocales y algunas palabras. Quiere decir esto que no se comunicaba? Qué va ... Víctor utilizaba un sistema pantomímico para expresarse. ¿Que qué quiero decir con pantomima? Si alguien está pensando en signos articulados similares a las lenguas de signos, no, no es eso. Se trataba de una especie de mímica escénica. Por ejemplo, a la hora de salir a pasear se presentaba en la habitación de señora Guérin y si no estaba lista todavía, ponía delante de ella todo lo que utilizaba para arreglarse, hasta el punto de ayudarla vestirse. O por ejemplo, cuando las visitas el empezaban a aburrirle, cogía el bastón, los guantes y el sombrero del invitado, se lo daba y lo empujaba hasta la puerta que él mismo cerraba con vehemencia. No me digáis que esto no os gustaría poder hacerlo a veces, eh... Esto es muy diferente de una lengua de signos natural. De ello hablaremos en otro episodio.

En definitiva, ¿consiguió el caso de Víctor refutar la hipótesis del período crítico? Pues no, ya que no fue capaz de adquirir una gramática de manera remotamente similar a como lo hacen niños más pequeños. Aquellos que critican la hipótesis de períodos críticos objetan que casos como el de Víctor en realidad tampoco confirman esa tesis porque probablemente se trata de niños que ya tenían una discapacidad mental de base y que la incapacidad para adquirir habilidades como el lenguaje podrían atribuirse a ella.

En cualquier caso, leer los informes de Itard no solo es recomendable, sino bastante estimulante para logopedas, neuropsicólogos y lingüistas. Se aprende mucho, en serio. Hay mucha más información que las cuatro pinceladas de este podcast. En mi caso, y salvando las distancias enormes que hay entre un señor del siglo XVIII que llega a colgar boca abajo a su alumno sobre un vacío de cuatro plantas, mientras leo sus palabras, no dejo de conectar con él. Le leo a él y parece que me leo a mí misma. Se abre un espejo que conecta dos mundos separados por dos siglos y medio de distancia. El texto de Itard muestra que se dejó la piel, que puso todas las energías que tenía en este caso. De aquel lado del espejo está él con sus sus dudas y sus cábalas de cómo hacer que Víctor haga tal o cual cosa mientras el niño lo mira incrédulo. De este lado, estoy yo con mis reflexiones intentando inventar el ejercicio definitivo para que un niño, que me observa con los ojos como platos, haga lo que yo quiero que haga.

Para Itard, la civilización era lo que hace crecer al ser humano. En sus palabras “el hombre, cuando se encuentra en el estado puro de la naturaleza, es inferior a un gran número de animales”. Según él, la superioridad moral del hombre sobre el resto de animales no es más que el fruto de la civilización. Obviamente, casi dos siglos y medio después, con el planeta al borde del colapso, con la preservación de la vida como una asignatura pendiente, en la absoluta periferia de las prioridades, se nos ocurren varias objeciones a esta apología de la civilización y a la supuesta superioridad moral de las comunidades civilizadas. Lo que sí está claro es que, lo que hagamos con los pacientes, con los alumnos, no debe tener como objetivo hacerlos más civilizados, sino hacerlos más libres.