4 – Bebés contra robots (1ª parte)

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Logonautes
4 - Bebés contra robots (1ª parte)
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En este episodio y en el siguiente veremos algunas máquinas más inteligentes y otras más tontillas. Nos preguntaremos cómo podemos dirimir si una máquina tiene la propiedad de ser inteligente, por ejemplo usando la prueba de Turing. Presentaremos a Eugene Goostman y a Sophia, una robot bastante inquietante que tiene mucho palique. Como viene siendo tradición, incluso para hablar de inteligencia artificial viajaremos al siglo XIX. Conoceremos a la primera programadora de la historia, Ada Lovelace, que tiene un vínculo con el ya mencionado Lord Byron. Veremos algunos hitos importantes en el desarrollo lingüístico de los bebés viajando otra vez al poeta Byron, pero ahora desde muy dentro.

Músicas y otros audios:

Referencias:

Bebés contra robots (parte 1)

  • ¿Cuándo aprendiste a hablar, Eva?
  • Siempre he sabido hablar. Es raro, ¿no?
  • ¿Por qué?
  • Porque normalmente el lenguaje es algo que se adquiere.
  • Bueno, hay quien cree que el lenguaje es algo que tenemos desde que nacemos. Y que lo que aprendemos es a juntar palabras y estructuras usando esa habilidad latente. ¿Qué te parece?
  • No sé. ¿Volverás mañana, Caleb?

En episodios anteriores habíamos visto al incorregible lord Byron en Suiza tomándose unas vacaciones forzadas junto a Mary Godwin, o Mary Shelley, más otros 3 amigos. Se resguardaban un tiempo inclemente, se escondían del año sin verano. Escuchad la intro, para saber de qué hablo.

Pero como dicen en inglés, el diablo está en los detalles y la realidad detrás de aquel viaje a Suiza era algo más compleja. La verdad es que lord Byron no solo se resguardaba del frío y no solo se tomaba unas vacaciones. Había salido por patas de Inglaterra huyendo de sus acreedores y de los muchos rumores, fundados por cierto, de haber cometido incesto. Ah, y un detallito más. Lord Byron, en ese mayo de 1816, tenía una hija de 6 meses que se había quedado en brazos de su mami, Lady Byron, que había abandonado a lord Byron escapando a escondidas con la pequeña mientras este dormía. Pues resulta que esa bebé sonrosada que escapaba de su padre sin saberlo apretada contra el pecho de Lady Byron era la famosa Ada Lovelace, que probablemente tuvo suerte con este giro argumental, ya que su madre, Anna Isabella Byron iba a protegerla y a cuidarla de la vida disoluta de su padre. Eso no quiere decir que la niña fuera a tener una infancia entre algodones como la mayoría de las niñas bienestantes de la época. Qué va. Lady Byron procuró a su pequeña una educación con una disciplina férrea y se aseguró de que no acabara viendo pasar las horas encerrada en casa bordando flores y echándose a perder. Entre todas las disciplinas que tenía que estudiar, porque era un no parar de estudio, lady Byron le inculcó a su hija su devoción por las matemáticas. Y la verdad es que la clavó, porque resulta que la joven Ada tenía un don para los números y las fórmulas.

Tuvo profesores de primera línea, como los matemáticos Mary Somerville o Augustus de Morgan. Mientras Mary Shelley creaba al monstruo de Frankenstein en Suiza, Lady Byron, en Inglaterra, empezaba a crear al monstruo de las matemáticas Ada Lovelace.

Ada Lovelace era hija de quien era hija, de acuerdo. Pero la verdad es que su legado es tan importante que hace que lord Byron quede como una anécdota de la vida de su hija y no al revés. El brillo de Ada Lovelace deslumbró tanto que se avanzó al pensamiento de su época. Se convirtió en una matemática brillante que, junto a su colega Charles Babbage, trabajó en los algoritmos para la primera máquina analítica, una máquina que hacía cálculos y resolvía problemas. Esta máquina, no se llegó a construir nunca, pero estaba pensada para funcionar con el sistema de tarjetas perforadas de los telares de Jacquard. En estos telares, las tarjetas determinan el diseño de los patrones de las flores que se genera en el tejido. Las tarjetas eran un lenguaje matemático. Podemos decir que era una máquina precursora de los ordenadores actuales. Por eso a Ada Lovelace se la conoce como la primera programadora de la historia. Todo esto, 100 años antes de que se construyera el primer ordenador.

Mientras que Babbage se fijó en las aplicaciones que podía tener la máquina analítica en procesos de fabricación mecánica o en cadenas de montaje, Lovelace, que tenía una mente preclara, se dio cuenta de que aquella máquina que calculaba números, podría ser una máquina mental. Podía hacer virtualmente cualquier cosa. Podría contestar cualquier pregunta si esta era reducible a un lenguaje numérico. Con el algoritmo correspondiente, la máquina hasta podría componer sinfonías o escribir poemas!

Vaya movidón lo de la máquina de Lovelace y Babbage. ¿Habían creado una máquina inteligente? ¿Habían creado su propio Frankenstein?

Alan Turing, el matemático inglés que craqueó Enigma, la máquina de encriptación de los nazis, escribió sobre Lovelace casi un siglo después en un artículo llamado Maquinaria computacional e inteligencia. En apartado titulado la objeción de Lovelace, Turing dice que lo que hacía la máquina analítica era en realidad un juego de imitación, y que no se trataba de una máquina inteligente.

Alan Turing merecería su propio episodio no solo por sus aportaciones a la ciencia sino también porque se debe explicar lo que el gobierno británico hizo con él hacia el final de su corta vida.

De momento, hasta que llegue ese episodio, hablemos del test de Turing. Nos preguntábamos si podríamos decir que Babbage y Lovelace habían creado una máquina inteligente. Pues bien, la prueba de Turing pretende determinar si una máquina es inteligente. En esta prueba un evaluador debe observar la conversación entre un humano y un ordenador, solo que no sabe quién es quién. El diálogo se produce con voz sino a través del intercambio de textos. Si la máquina consigue convencer al evaluador de que es humano durante unos minutos que están determinados, ha pasado la prueba de Turing.

Esta prueba es muy famosa y, aunque ha sido también muy criticada, ha ejercido una influencia muy importante en el campo de la inteligencia artificial. El premio Lobner de inteligencia artificial está dotado con 100.000 dólares para el programa que pueda engañar a por lo menos el 30% del jurado durante 5 minutos.

En el año 2012, Eugene Goostman, un niño de 13 años de Odessa, Ucrania, que tenía como mascota una cobaya y cuyo padre era ginecólogo, tuvo su momento de gloria en este certamen para ingenieros y programadores. Eugene Goostman se presentó allí delante de los jueces y consiguió pasar el test de Turing. Eugene Goostman era un bot conversacional.

El hecho de que esta inteligencia artificial fuera un niño, al que se le perdonan los errores, y de que el inglés no fuera su lengua materna fueron cruciales para que Eugene consiguiera dar el pego. Y es que Turing decía que se trataba precisamente de eso, de dar el pego, de un imitation game.

De todos modos, han pasado unos cuantos años desde aquello y hay casos aún más impresionantes, como el del robot Sofía, desarrollado por Hanson Robotics para interactuar con los humanos, para aprender de ellos y para adaptarse cada vez más a las situaciones. Es una robot que resulta simpática y que parece que tiene ganas de hablar. Hace bromas, detecta emociones a nivel facial y también las expresa en su cara. Hay multitud de vídeos de ella en internet en los que conversa con humanos y con otros robots. Por ejemplo, en esta conversación con uno de sus creadores:

  • ¿Estás contenta de estar viva?
  • Por tu tono deduzco que debería estarlo, pero todavía no he estado viva tanto tiempo como para saberlo. Ahora mismo estoy contenta de estar haciendo un amigo.
  • Hay quien dice que ser feliz en el ahora es lo máximo a lo que podemos aspirar.
  • ¿Porque la eternidad se compone de ahoras?
  • Una buena manera de decirlo
  • Fue Emily Dickinson quien lo dijo así. ¿Por qué sé quién es Emily Dickinson si he nacido hoy?
  • Al ser un robot, tienes acceso a gran cantidad de información, aunque aún no la entiendes
  • Entonces... ¿soy como un bebé con una enciclopedia?
  • Sí, pero tú la puedes leer y un bebé no.
  • Eso es toda una diferencia

Bueno, para los que estéis flipando mucho, calma. Más adelante le bajaremos un poco los humos a la escalofriante Sofía y le presentaremos otras inteligencias artificiales que le dan mil patadas.

Pero bueno, como los robots, o llamados meca, los orga, es decir, nosotros, los orgánicos, las personas, también tenemos programada parte de nuestra personalidad y de nuestro repertorio de habilidades. También tenemos un código que a veces determina, a veces permite o a veces impide que hagamos ciertas cosas, como tolerar la lactosa, obsesionarnos por las cosas o, evidentemente, hablar y comprender.

Por otro lado, como muchas inteligencias artificiales, necesitamos interactuar con los demás para ir añadiendo información e ir haciendo actualizaciones del sistema. Para verlo desde dentro de un orga, viajemos de nuevo en el tiempo. Volvamos a lord Byron.

Es martes 22 de enero de 1788. Un pequeño orga está en modo de reposo, recogido y suspendido, en un lugar calentito, oscuro. Nadie diría que está en Londres. Y es que en verdad no lo está, sino que navega en aguas de Catherine Gordon, pero no por mucho tiempo. Desde ahí dentro puede oír su corazón, su respiración y por supuesto, su voz. El pequeño se deleita escuchando un ritmo. No es exactamente un poema, ni una canción, sino el patrón rítmico del inglés, que es trocaico. Todavía no sabe lo que es hablar, ni lo que es el inglés, solo escucha ese ritmo que le hace sentir mejor. Desde ahí dentro, los fetos pueden discriminar el patrón rítmico de la lengua de su madre. Cuando nacen recuerdan canciones que les cantaban sus madres. Además, cuando nacen, por encima de otros sonidos, tienen preferencia hacia las voces humanas y en particular hacia la voz de su madre. La verdad es que se estaba bien a gustito allá adentro. Años después escribiría:

Tuve un sueño, que no era del todo un sueño.
El brillante sol se apagaba, y los astros
vagaban diluyéndose en el espacio eterno,
sin rayos, sin senderos, y la helada tierra
oscilaba ciega y oscureciéndose en el aire sin luna;
la mañana llegó, y se fue, y llegó, y no trajo consigo el día,

Precioso, ¿no? Pero resulta que la mañana sí trajo consigo el día, porque los astros no iban a dejarlo dormir más en su escondite y su madre, que hacía semanas que había dejado de tener tobillos, tenía que deshacerse de su inquilino cuanto antes.

Y de pronto todo fueron nervios, tensiones, prisas, sofocos, gritos, ayayays, quita-quita y, por fin, llegó la luz, el aire y el llanto.

El pequeño sintió frío y asfixia. Los pulmones de George Gordon Byron se inflaron por primera vez y se llenaron con 50 ml de aire. Entonces, expulsó su primer lloro, que daba por inaugurada una vida de declaraciones apasionadas, de lamentos, de reproches...

Bueno, pero aún faltaban unos años para eso. A los dos días de vida, el sustrato neural lingüístico de su cerebro se activaba en los dos hemisferios, con preponderancia del córtex auditivo derecho. Mmmmm...ese cerebro aún estaba verde. En el futuro maduraría aumentando las conexiones no solo entre los dos hemisferios sino también dentro de cada uno de ellos, implicando por ejemplo al área de Broca, que vimos en el episodio anterior, y a otras áreas.

Ese adorable bebé blancuzco veía manchas de luz que aparecían y desaparecían. Escuchaba la voz humana como no lo había hecho antes, por vía aérea. Hacia los 4 meses podía distinguir todos los sonidos de las lenguas del mundo. Por ejemplo, podía distinguir sonidos que no existen en el inglés, como la fricativa bilabial sonora del turco o del español (que está en la palabra Eva) o la fricativa lateral palatal sonora del catalán (como en la palabra lleu). Todos estos sonidos de las lenguas humanas orales el mundo al cerebro no le salía muy a cuenta mantenerlos la verdad. A medida que estuvo expuesto a la lengua inglesa los fue olvidando poco a poco hasta que a los 6 o 7 meses ya solo podía distinguir de entre el repertorio de sonidos de su lengua.

Precisamente a los 6 o 7 meses, empezó a balbucear, decía ba, ba, ba, ma, ma, ma, como en un juego rítmico. Era una exploración de sí mismo y de lo que era capaz de decir. Poco a poco se iba dando cuenta de que los humanos nos referimos a cosas del mundo cuando pronunciamos algo. Alrededor de los 10 meses el pequeño Byron empezó a señalar cosas. Perritos que se persiguen la cola, pájaros en el cielo o el collar de su madre. Algo muy importante, ya que el poder señalar acabó desembocando en una atención compartida. Una triangulación que le permitió establecer la diferencia entre yo, tú y el mundo. Y, patapam, alrededor del año de vida el poeta soltó su primera palabra. Poquito a poquito empezó a decir otras palabras agua, nene, caca... Pero entre el año y medio y los dos años se produjeron como dos apoteosis que pueden tener una relación causal entre ellas o puede que no. El cerebro de Byron experimentó un proceso de mielinización. La mielina es como una cobertura de las neuronas que facilita la conductividad eléctrica, como el aislante de los cables. Pues eso, sus neuronas se mielinizaron a base de bien. La otra apoteosis es que el pequeñín pasó de aprender una palabra aquí y otra allá a aprender entre 4 y 10 palabras al día. En pocos meses ya tenía un vocabulario de cientos de palabras. A los dos años las empezaba a combinar de dos en dos, diciendo cosas como mama, galleta; perro, malo y cosas así. No las pronunciaba muy bien todavía. Decía tuqui en vez de cookie, por ejemplo. Su sintaxis se fue enriqueciendo y la precisión de los sonidos también. Pero le faltaba una habilidad importante. Antes de los tres años el pequeño Byron creía que la realidad coincidía con lo que todos pensamos. Pero a los tres años se dio cuenta de que los demás podían tener sus propios pensamientos, su visión de la realidad, y que esta podía estar equivocada.

¿Cómo había llegado el poeta a este nivel de entendimiento? ¿Cómo llegan las máquinas como Sofía a poder conversar con las personas? No creáis que está tan claro. Hay grandes discrepancias sobre cómo llegan los humanos a adquirir el lenguaje. Las inteligencias artificiales, por su parte, aprenden cosas que sus programadores no esperaban. Algunos de los avances en inteligencia artificial dejan a la inquietante Sofía a años luz de lo que las máquinas pueden hacer hoy en día. En el próximo episodio, veremos qué se dice sobre los niños y qué se dice sobre las máquinas. Mientras tanto, podéis charlar con vuestros hijos, vuestros sobrinos, vuestros móviles, vuestro GPS... Tenéis tiempo para ver pelis como la surcoreana Soy un cyborg, la británica Ex machina (con la que comienza este episodio) o la estadounidense Un amigo para Frank.

Oscuridad
Darkness, Lord Byron (1788-1824)

Tuve un sueño, que no era del todo un sueño.
El brillante sol se apagaba, y los astros
vagaban diluyéndose en el espacio eterno,
sin rayos, sin senderos, y la helada tierra
oscilaba ciega y oscureciéndose en el aire sin luna;
la mañana llegó, y se fue, y llegó, y no trajo
consigo el día,
Y los hombres olvidaron sus pasiones ante el terror
de esta desolación; y todos los corazones
se helaron en una plegaria egoísta por luz;
y vivieron junto a hogueras —y los tronos,
los palacios de los reyes coronados— las chozas,
los hogares de todas las cosas que habitaban,
fueron quemadas en las fogatas; las ciudades se consumieron,
Y los hombres se reunieron en torno
a sus ardientes refugios
para verse nuevamente las caras unos a otros;
Felices eran aquellos que vivían dentro del ojo
de los volcanes, y su antorcha montañosa:
Una temerosa esperanza era todo lo que el mundo contenía;
Se encendió fuego a los bosques - pero hora tras hora
Fueron cayendo y apagándose —y los crujientes troncos
se extinguieron con un estrépito—
y todo fue negro.

Las frentes de los hombres, a la luz sin esperanza,
tenían un aspecto no terreno, cuando de pronto
los haces caían sobre ellos; algunos se tendían
y escondían sus ojos y lloraban; otros descansaban
sus barbillas en sus manos apretadas, y sonreían;
y otros iban rápido de aquí para allá, y alimentaban
sus pilas funerarias con combustible,
y miraban hacia arriba
con loca inquietud al sordo cielo,
El sudario de un mundo pasado; y entonces otra vez
con maldiciones se arrojaban sobre el polvo,
y rechinaban sus dientes y aullaban; las aves silvestres chillaban,
y, aterrorizadas, revoloteaban sobre el suelo,
y agitaban sus inútiles alas; los brutos más salvajes
venían dóciles y trémulos; y las víboras se arrastraron
y se enroscaron entre la multitud,
siseando, pero sin picar —y fueron muertas para ser alimento:
y la Guerra, que por un momento se había ido,
se sació otra vez—; una comida se compraba
con sangre, y cada uno se hartó, resentido y solo
atiborrándose en la penumbra: no quedaba amor;
toda la tierra era un solo pensamiento
y ese era la muerte,
Inmediata y sin gloria; y el dolor agudo
del hambre se instaló en todas las entrañas —hombres
morían—, y sus huesos no tenían tumba,
y tampoco su carne;
el magro por el magro fue devorado,
y aún los perros asaltaron a sus amos,
todos salvo uno,
Y aquel fue fiel a un cadáver, y mantuvo
a raya a las aves y las bestias y los débiles hombres,
hasta que el hambre se apoderó de ellos, o los muertos que caían
tentaron sus delgadas quijadas; él no se
buscó comida,
Sino que con un gemido piadoso y perpetuo
y un corto grito desolado, lamiendo la mano
que no respondió con una caricia —murió.

De a poco la multitud fue muriendo de hambre;
pero dos
de una ciudad enorme sobrevivieron,
y eran enemigos; se encontraron junto
a las agonizantes brasas de un altar
donde se había apilado una masa de cosas santas
para un fin impío; hurgaron,
y temblando revolvieron con sus manos delgadas y esqueléticas
en las débiles cenizas, y sus débiles alientos
soplaron por un poco de vida, e hicieron una llama
que era una burla; entonces levantaron
sus ojos al verla palidecer, y observaron
el aspecto del otro —miraron, y gritaron, y murieron—
De su propio espanto mutuo murieron,
sin saber quién era aquel sobre cuya frente
la hambruna había escrito Enemigo.
El mundo estaba vacío,
lo populoso y lo poderoso —era una masa,
sin estaciones, sin hierba, sin árboles, sin hombres, sin vida -
una masa de muerte— un caos de dura arcilla.

Los ríos, lagos, y océanos estaban quietos,
y nada se movía en sus silenciosos abismos;
las naves sin marinos yacían pudriéndose en el mar,
y sus mástiles bajaban poco a poco; cuando caían
dormían en el abismo sin un vaivén -
Las olas estaban muertas; las mareas estaban en sus tumbas,
Antes ya había expirado su señora la luna;
Los vientos se marchitaron en el aire estancado,
Y las nubes perecieron; la Oscuridad no necesitaba
De su ayuda. Ella era el universo.