7 – La caja de Skinner y el zasca de Chomsky (1ª parte)

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Logonautes
7 - La caja de Skinner y el zasca de Chomsky (1ª parte)
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En este episodio revisitamos la trayectoria y la propuesta de Burrhus Frederic Skinner, un conductista radical que tuvo un gran impacto a mediados del siglo veinte. Veremos que su vida no fue un camino de rosas precisamente, ya que tuvo una educación basada en el miedo al castigo. Cuando se matriculó en psicología encontró su verdadera vocación y ya nunca abandonaría esa disciplina. Al margen de lo que se pueda decir sobre su propuesta académica, Burrhus Frederic Skinner era una persona inquieta y con una gran creatividad. Su aportación fue importante no solo a nivel científico sino también en la cultura popular. En 1957 escribió la obra Verbal Behavior, que pretendía dar cuenta del comportamiento lingüístico humano. Poco después el lingüista Noam Chomsky, del que hablamos en otro episodio, escribiría una refutación demoledora de ese trabajo, dando comienzo a una nueva era cognitivista.

Referencias:

Músicas y audios:

  • Études, L. 136. Étude XI: “Pour les arpèges composés”, de Claude Debussy, por Kimiko Ishizaka. PD. Link
  • Maple Leaf, de Scott Joplin, por Scott Joplin. PD. Link
  • Tuning AM radio por CGEffex. CC-BY. Link 
  • Cooking bacon frying press squish1.flac por kyles. Link  
  • B15.mp3 por danarobinsondesignsgmailcom Link
  • Nightclub Jazz Hip Hop por Auditone Music Library. Link
  • Bolero, de Maurice ravel, por la Orquesta sinfónica de Berlín. PD. Link
  • La Bohème: Quando m’en vo’ (Act II, No.13), de Giacomo Puccini, por la West Saxon Symphony Orchestra. CC-BY-NC-ND. Link
  • Ma mère l’oye: petit poucet, de Maurice Ravel, por Luis Sarro. PD. Link
  • The entertainer (piano roll), de Scott Joplin. PD. Link
  • Lyric Pieces. Book 6, Op. 57, de Edvard Grieg, por Glen Hoban. CC-BY-NC-SA. Link
  • Slow dissolve, de https://www.purple-planet.com

¡Baja! .... ¡Que bajes! ¿Quieres bajar ya? [Suspiro] [Sonido de una campanita] ¡Burrhus Frederic Skinner! ¡Vas a dignarte a bajar a comer o no!

Estás escuchando Logonautes, una expedición rumbo al lenguaje y al cerebro a bordo de una historia cada día.

Es 1904. En una ciudad llamada Susquehanna, en Pensilvania, una mujer llamada Grace Madge Burrhus da a luz un bebé enclenque y muy llorón. De hecho, pocos meses después, a ella y a su marido los echarán de un hotel en Milford, Delaware, por los berridos del pequeño. Tanto Grace como su marido son músicos y ese querubín heredará la pasión por la música. Aprenderá a tocar el saxo y tocará en un grupo de jazz y en una orquesta, aunque no será nunca célebre por eso.

En esa época de tránsito del siglo diecinueve al veinte, una música se está haciendo muy popular. Una música estimulante que te hace menear los pies y que más tarde ayudará a traer al mundo al jazz. Estoy hablando del ragtime. A Scott Joplin, el rey del ragtime, aún le quedaban trece años en este mundo, ya que morirá con tan solo 47 años. Su música aún está entre nosotros e inspira a muchos músicos noveles y consagrados.

Bueno, no nos desviemos, Grace se pone a parir y casi se muere en el intento, algo que le irá recordando a su hijo reiteradamente, porque es importante recordar que todos tenemos una deuda con nuestras madres, aunque seas Burrhus Frederic Skinner.

El niño Skinner es muy inquieto, le gusta investigarlo todo, es respondón y muy vivo. Su familia le da bastante caña con el tema de la religión, la moral y el infierno. Su abuela le empieza a decir desde muy pequeño que a los niños que mienten el demonio los tira a unas brasas tan ardientes como las de la cocina de leña que usan para preparar el desayuno. El pobre Skinner escucha aterrorizado y, con los ojos como platos, mira por el agujero el interior de la cocina que brilla como una gran advertencia. Le entra pánico ante la idea de decir una mentira aunque sea involuntariamente. En una función de magia a la que asistió, había un número final en el que aparecía el demonio. El pequeño le pregunta a su padre si es verdad que el demonio tira a los niños al fuego de esa manera y su padre le asegura que sí, sí, que así es. Bueno, pues el miedo al castigo digamos que preside sus años de juventud. Su padre le recuerda a la mínima que más vale que se porte bien, que a los criminales se los encierra en la prisión. En unas vacaciones de verano, incluso lo lleva a la cárcel del condado a recibir unas charlas sobre la vida en la prisión de Sing Sing, en Nueva York.

Evidentemente, esto hizo mella en Skinner y durante su infancia fue muy temeroso de Dios. Creía verdaderamente que la fe mueve montañas. Tanto, que a los doce años intentó demostrarlo levitando sobre una báscula concentrándose mucho y haciéndose más ligero. Le dio un buen bajón cuando no lo consiguió porque había soñado muchas veces con personas que volaban, como en los cuentos que había leído.

Pero la devoción empezó a hacer aguas cuando entró en el instituto. Un día, le dijo a su profesora, Miss Graves, en el pasillo que ya no creía en Dios. Miss Graves era una liberal que les había dicho en clase que los milagros de la biblia podrían interpretarse como metáforas. Ella le contestó con un misterioso “yo también he pasado por eso”.

Skinner fue creciendo y haciéndose poco a poco un intelectual. Se matriculó en la universidad decidido a convertirse en escritor, quería ser poeta.

De hecho, se graduó en literatura inglesa en el Hamilton College. Al salir de la universidad, le dio muy fuerte con la literatura. Se motivó mucho porque el poeta Robert Frost le revisó algunos de sus escritos. Sin embargo, el tema no funcionó. En palabras del propio Skinner:

“Los resultados fueron desastrosos. Malgasté mi tiempo. Leí sin rumbo... escuchaba la radio que se acababa de inventar, participé en la columna humorística de un periódico local, pero no escribí casi nada más, y pensé en ver a un psiquiatra”

Pues bien, si Skinner no iba a explicar la conducta humana a través de la literatura, lo haría a través de la ciencia. Se matriculó en psicología en la universidad de Harvard y encontró su vocación. Entró en una época de estudio obsesivo y apasionado sobre la mente humana. Skinner adoptó una disciplina inquebrantable de trabajo que ya no le abandonaría nunca. En dos años se licenció y en tres más se doctoró.

Skinner es conocido como neoconductista, ya que sus trabajos seguían la línea de conductistas de generaciones anteriores. Leyó los trabajos de Watson, algo mayor que él, y de Pavlov que moría el mismo año en que nacía él. Sí, sí, Pavlov, el de los perros salivantes ante el sonido de una campana. Skinner no solo era una nueva generación, sino que defendía una visión radical del conductismo.

Skinner se dedicó a estudiar el comportamiento humano. Estaba profundamente en contra de la psicología mentalista, aquella que pretendía estudiar los procesos internos que subyacen a la conducta. Skinner no reconocía en absoluto que los procesos mentales fueran la causa de las cosas que hacemos. Decía que incluso, aunque esos procesos mentales existieran, no se ganaría nada estudiándolos. Fue un anticognitivista toda su vida.

La manera de entender la conducta humana que tenía Skinner era estudiando los elementos del entorno que tenían un impacto en el comportamiento. De acuerdo a su visión, determinados elementos del entorno daban lugar a ciertas conductas y el resultado de estas conductas podía funcionar como reforzador o como inhibidor. De alguna manera, es como si los resultados positivos de las acciones actuaran como recompensas. Skinner utilizaba nociones darwinianas para explicar su trabajo. Es decir, un organismo lleva a cabo una serie de comportamientos de manera más o menos amplia en un ambiente determinado. Aquellos comportamientos que sean funcionales, por ejemplo, que le permitan reproducirse, alimentarse o protegerse mejor, se reforzarán y se perpetuarán.

¿Y cómo estudiaba esto de manera específica? Pues se dedicó a investigar con ratas y con palomas. Construía una cámara experimental, la ya archiconocida caja de Skinner, y metía a los animales dentro. Allí había una palanca que proporcionaba alimento al animal. Skinner los dejaba que actuaran libremente, entre comillas, en la caja y medía el efecto del refuerzo en la tasa de respuesta. Por ejemplo, la paloma podía activar la palanca dos o tres veces por minuto antes del refuerzo y 30 o 40 veces por minuto cuando obtenía el refuerzo, es decir, la comida.

Se dice que Skinner era un conductista radical porque creía que el comportamiento se podía explicar exclusivamente a través de estos eventos externos al organismo.

También era inventor. Tras el nacimiento de su segunda hija, Deborah, Skinner hizo una especie de cuna habitable con paredes fonoabsorbentes y un gran ventanal pintado. Tenía una entrada de aire a través de filtros en la parte inferior. Una tira de sábana de diez metros de largo pasaba sobre el colchón, ​​para desplazar una sección limpia de sábana regularmente. Era como una minicasita para bebés. La idea era crear un lugar seguro para que experimentaran con el entorno. Aunque no pudo comercializarlo en masa como el quería, publicó un artículo en el Ladies Home. El paralelismo de Skinner metiendo palomas en cajas y bebés en cunitas habitables probablemente fue lo que alimentó la leyenda urbana de que Skinner llegó a experimentar con su propia hija.

La verdad es que a mediados del siglo XX el conductismo estaba en pleno apogeo. Varias ramas de esta corriente competían por la hegemonía académica y, durante unos años, la propuesta de Skinner se llevó el gato al agua.

Este tipo de condicionamiento de la conducta ahora nos puede parecer antiguo y puede ser discutible, pero está todavía presente en muchas aproximaciones educativas y en la regulación de algunas organizaciones. Por ejemplo, las llamadas economías de fichas (token economies en inglés) utilizan principios skinnerianos. Las economías de fichas se usan por ejemplo en instituciones en las que convive una comunidad de internos en régimen de semilibertad. Cuando los miembros de estas economías se comportan de un modo deseable para la organización, reciben unas fichitas que les dan acceso a determinados privilegios. Estas economías han sido muy criticadas y han sido tachadas de antinaturales. Sin embargo, los defensores de estos sistemas dicen que lo que sería antinatural sería no adoptar estas economías en las comunidades de internos porque, en el fondo, no dejan de reproducir el funcionamiento de la sociedad. Dicen que cualquier sociedad que use el dinero es, por definición, una economía de fichas, ya que contiene en el papel moneda las fichas que pueden ser canjeadas por privilegios, por elementos reforzadores.

Todo este sistema de estímulos positivos y negativos nos hace pensar en los sistemas de castigo, en los sistemas punitivos. Skinner se dio cuenta de que los efectos del refuerzo y los efectos del castigo no eran simétricos. El propio autor dice que un hombre encarcelado por una agresión con violencia no está necesariamente menos inclinado hacia el uso de medios violentos. El comportamiento castigado probablemente reaparecerá cuando se retiren las medidas punitivas.

Si el castigo es inefectivo como modificador de la conducta, ¿por qué es tan ampliamente utilizado? Skinner responde que esto es así porque es un refuerzo para el castigador. Dice que instintivamente atacamos a los que se comportan de una manera que nos desagrada, aunque no siempre ejerzamos un castigo físico. A veces simplemente, criticamos, desaprobamos, culpabilizamos o ridiculizamos aquellos comportamientos que nos contravienen.

Entonces, ¿cómo tratamos las conductas indeseables? Por ejemplo, ¿en el caso de los niños? Según Skinner la alternativa más efectiva al castigo es la extinción a través del refuerzo negativo. El refuerzo negativo a veces se confunde con el castigo. Sin embargo, el refuerzo negativo quiere decir la omisión del resultado que refuerza positivamente la conducta. En el caso de las palomas, el refuerzo negativo es que no salga la comida cuando tiene una conducta determinada. Así, según Skinner, esa conducta se va extinguiendo. En el caso de los niños, según dice, hay que ignorar la conducta indeseada para llegar a su extinción, en lugar de castigarla.

Skinner creía que se podía modelar la conducta de animales y personas a través de la modificación de las condiciones externas. Se le atribuye esta cita: “Dadme un niño y lo moldearé hacia cualquier cosa”. Skinner pensaba que el libre albedrío era una ilusión. Si nuestras acciones dependen de las consecuencias de las acciones previas, la probabilidad de que repitamos la acción dependerá de si obtuvimos un resultado positivo o negativo. Es decir, nuestras acciones no dependen de nosotros, sino de lo que obtuvimos con las acciones anteriores. Skinner llegó a postular que la aplicación de sus principios podrían mejorar la sociedad y aumentar la felicidad de los seres humanos. Esto lo hizo en una novela muy polémica llamada Walden Dos.

Esta idea del modelado de la conducta, de ser cierta, era muy poderosa. Skinner llegó a presentar un proyecto al comité nacional de investigación de Defensa que consistía en palomas adiestradas para conducir un misil y que se estrellase contra un blanco enemigo. El funcionamiento de estas palomas suicidas pilotando el misil era un poco, como decirlo, propio del profesor Bacterio en los tebeos de Mortadelo y Filemón o, no sé, una idea propia de Míster Bean. El comité pensó que era una excentricidad, pero así y todo, le dieron 25.000 dólares para que empezara a desarrollarlo. Sin embargo, el 8 de octubre de 1944, el programa se canceló para priorizar otros proyectos que tuvieran algo más de perspectiva. Skinner decía que todos esos militares no le estaban tomando en serio y ahí no le faltaba razón.

Esto del control de la conducta cuajó mucho a mediados del siglo 20 y dio lugar a experimentos escalofriantes y criminales, como el proyecto de control mental de la CIA llamado MK Ultra en el que experimentaron con seres humanos. Se estudió la aplicación de torturas, la administración de determinadas drogas como LSD, o la terapia electroconvulsiva para debilitar al individuo y lograr que confesara. Una persona que explicó cómo fue sometida a esos experimentos cuando era joven fue el doctor en matemáticas Ted Kaczynski, conocido como Unabomber, condenado y encarcelado años más tarde por enviar paquetes bomba por correo. Esto se cuenta en la serie Manhunt: Unabomber, en la que, por cierto, se introducen conceptos de lingüística forense que otro día podemos comentar.

La idea del control mental floreció en la cultura popular y dio lugar a películas como La invasión de los ladrones de cuerpos o El mensajero del miedo, que mostraban personajes cuyas mentes habían sido “lavadas” y controladas por fuerzas externas a ellos. El concepto de invasión zombi no deja de ser una metáfora del lavado de cerebro y de la invasión comunista.

Pero bueno, este episodio de la historia es más negro que la caja de Skinner y puede que te estés preguntando: ¿qué pinta Skinner en un podcast sobre cerebro y lenguaje? De momento Skinner no ha mostrado ningún interés en saber qué pasa dentro de nuestra cocorota… De hecho, tiene alergia a todo lo que sea interno, cerebral, mental.

Sin embargo, Skinner sí que se interesó por el lenguaje. Y eso le llevaría a obtener una de las objeciones más importantes que ha tenido el conductismo: lo que yo llamo el zasca de Chomsky.

Skinner no solamente creía que los resultados obtenidos con animales eran extrapolables a los seres humanos. O sea, que la psicología de las palomas picoteando palancas tenía una continuidad hasta la psicología de nuestra especie. También creía que este funcionamiento era la base de la adquisición del lenguaje. En 1957, escribió el libro Verbal behavior, conducta verbal, donde sostenía que el lenguaje estaba sometido a las mismas variables de la conducta operante.

En Verbal behavior Skinner desarrolla un aparato teórico que pretende dar cuenta del comportamiento lingüístico humano. Desde su punto de vista, en el que no hay procesos internos y si los hay a quién le importan, considera que la conducta verbal es una función de control de las consecuencias y los estímulos. No una capacidad especial inherente a los humanos.

Skinner acuña una serie de términos, por ejemplo, el término tact, tacto. Según el autor, un tacto es un operador verbal bajo el control del estímulo de algo del entorno físico, y la comunidad lingüística refuerza el uso correcto de los tactos. Esto es un poco lioso dicho así. Básicamente, la idea es que el niño es reforzado por sus padres por decir perro cuando se encuentra en presencia de un perro. Skinner lo llama tacto, por que hace conTACTO con el entorno físico. Los tactos comenzarían como sustantivos como en el caso de esta palabra. A medida que la comunidad va reforzando sus emisiones de animales similares el niño no se verá reforzado por llamar perro a los gatos, por ejemplo. A través del modelado, la palabra perro irá apareciendo solo en presencia de un perro y no en su ausencia o en presencia de otros animales.

De esta manera, Skinner presenta la tradicional noción de referencia, que dicho rápido es la relación entre una forma lingüística y la entidad del mundo de la que se habla, como digo, presenta la noción de referencia como una relación funcional entre la palabra, un estímulo distintivo (el perro) y su reforzador (los padres del niño).

Llegados a este punto, imagino que esta idea de la palabra perro asociada a la presencia del chucho cuando los niños adquieren el lenguaje, ahora mismo, divide a los oyentes en dos grupos: los que asienten con la cabeza y los que niegan con la cabeza.

Skinner se preocupó de tener en cuenta los eventos privados, aquellos a los que solo la persona tiene acceso, como las imágenes mentales o el dolor de muelas. Muchas afirmaciones que hacemos se derivan de estos eventos. Por ejemplo, me duelen las muelas. Esta afirmación es un tipo de respuesta tacto controlada por una estimulación interna de dolor.

En fin, como se podrá imaginar todo el mundo a partir del título del episodio, Noam Chomsky no era de los que asentía con la cabeza ante las tesis de Skinner, sino más bien de los que reproducía el meme del Jean Luc Picard en la Enterprise. Y, evidentemente, como buen libertario, el capitán Chomsky iba a desplegar una refutación contundente ante el negacionista del libre albedrío. Eso marcaría el inicio de una nueva primavera del cognitivismo lingüístico. Pero eso lo veremos en el próximo episodio.

Este podcast vale mucho pero no te cuesta nada. Va directo de mi corazón a tus oídos sin pasar por ningún datáfono. Si quieres ayudar a rellenar la nave de combustible, ya sabes lo que tienes que hacer, comparte, retuitea, reenvía… porque si nos queremos nosotros, a ver quién nos va a querer en esta fría misión sideral...